id Los pecados: ideas rápidas sobre los pecados. Características de una ofensa. Tipos de ofensa. Gravedad de los pecados. Consecuencias de los pecados.
LOS PECADOS
  • A. ¿Qué son los pecados?
  • B. Las ofensas.
  • C. Las ofensas a Dios.
  • D. Consecuencias de los pecados.
A. ¿QUE SON LOS PECADOS?
1. ¿Cuándo es mala una acción? Hay varios modos de responder lo mismo. Una acción es mala cuando: es contraria la voluntad de Dios, se opone al verdadero bien del hombre, se enfrenta a las leyes propias de la naturaleza humana (ley natural).

2. ¿Esos tres aspectos son lo mismo? Coinciden: el Creador desea el verdadero bien de los hombres, y nos creó con un modo de ser que se perfecciona cumpliendo sus leyes. Enfrentarse a esa Voluntad equivale a ir contra nuestra naturaleza y hacernos daño. Estas malas acciones se llaman pecados.

3. ¿Cómo saber si una acción concreta es buena? Además de la reflexión sincera, conviene preguntar a un buen cristiano que entienda de estas cosas; y consultar encíclicas y otros documentos de los Papas, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica.

4. Entonces, ¿qué es el pecado? Es un acto voluntario opuesto a la ley de Dios (puede ser interno, externo e incluso una omisión). Es perjuicio para el hombre y ofensa a Dios.

B. LAS OFENSAS

1. Definición y tipos.- Una ofensa es un daño al honor o dignidad de una persona. Pueden ser de varias clases:
a) Según el modo de hacerlas:
        . activas: burlas, desprecios, insultos,...: ataques directos a la dignidad de alguien.
        . pasivas: olvidos, indiferencia, dejadez,...: dejar de prestar la atención y honor debidos.
b) Según a quien se dirigen:
        . directas: van contra la persona misma.
        . indirectas: dañan los seres amados por esa persona: hijos, familia, amigos, propiedades.

2. Características de una ofensa.

  • No es necesario que el ofendido sufra. Puede ser hecho a sus espaldas. Por ejemplo, la burla a una foto o imagen de alguien es una ofensa -que los asistentes reconocen-, aunque el interesado nunca lo sepa.
  • Sólo hay ofensa si hay injusticia. Hay personas que se sienten afrentadas por la más mínima desatención; estos casos no son ofensas reales sino orgullo real. Para que sea una ofensa ha de ser algo injusto.
  • El perdón de una ofensa exige de por sí una reparación. El ofendido puede perdonar sin más, pero la justicia exige alguna reparación que restaure el daño ocasionado. Por esto, quien ofende a alguien no se conforma con pedir disculpas, sino que se siente deudor y desea compensar de algún modo su acción.
C. LAS OFENSAS A DIOS

1. Tipos de ofensas a Dios.

  • Directas: corresponden a los tres primeros mandamientos. Atacan frontalmente a la dignidad de Dios, bien activamente como las blasfemias, bien pasivamente como el abandono del culto.
  • Indirectas: corresponden a los otros siete mandamientos. Aquí se maltrata -activa o pasivamente- a quienes Dios ama: a los hombres, incluido el propio pecador. Por ejemplo, quien se droga o emborracha se hace daño a sí mismo y por tanto ofende a Dios porque trata mal a quien el Señor quiere mucho. Tanto le quiere que por él murió en la Cruz.
2. Gravedad de las ofensas.- Será mayor si se realiza ante el interesado, si éste nos ama mucho, y si la dignidad conculcada es grande. Las ofensas a Dios reúnen esas características que aumentan la gravedad. En particular, la dignidad maltratada es muy grande:
  • se desprecia un amor y un bien infinitos, sustituyéndolos por bienes creados.
  • se desprecian grandes dones como la filiación divina y la inhabitación del Espíritu Santo.
  • se daña la imagen de Dios que es el hombre.
  • se añade carga a la Cruz de Cristo, que tomó sobre sí nuestros pecados. La gravedad de los pecados se capta mejor si recordamos cómo fue la reparación: el hijo de Dios se hizo hombre y murió en la Cruz.
3. ¿No es extraño que Dios permanezca ofendido? Dios no permanece ofendido. Los pecados son ofensas a Dios pero a El no le afectan y no queda ofendido. (Para que haya ofensa no es necesario que el ofendido sufra). De todos modos, se puede decir que los pecados también afectan a Dios, pues cargan sobre la Cruz de Cristo, verdadero Dios.

D. CONSECUENCIAS DE LOS PECADOS

1. ¿Qué sucede al pecar? Cualquier decisión de la voluntad afecta a la propia voluntad dejándola inclinada a ese bien o mal que quiso. Nuestras acciones nos hacen mejores o peores: quien trabaja se hace trabajador, quien roba se hace ladrón. El hombre alcanza la santidad a base de realizar buenas acciones, mientras que "quien peca se hace esclavo del pecado". Esta es la consecuencia natural de una acción humana: nos afecta para bien o para mal. No da lo mismo escoger el bien o el mal. Los pecados rebajan la dignidad humana.

2. Además el pecado es una ofensa a Dios y esto es tan serio que hace sonrojar a los ángeles y a la creación entera. Las consecuencias son grandes, aunque diferentes según la gravedad del pecado. Si es una falta leve -venial- el amor a Dios se enfría pero se conserva. En cambio, una ofensa grave -mortal- produce una ruptura con el Señor que deja de inhabitar en nuestra alma; se pierde la gracia santificante, la que nos diviniza y hace hijos de Dios.

3. ¿La justicia reclama algún castigo? Ante las ofensas, la justicia exige una reparación, en esta vida o en la otra. Esto se consigue con obras que agraden a Dios y mediante la mortificación. Bien entendido que el Señor no lo necesita. Somos nosotros quienes necesitamos reparar la situación de nuestra alma en pecado.

4. ¿Por qué los sufrimientos reparan las ofensas cometidas? En cualquier pecado hay una doble maldad:

  • El hombre se aparta de Dios.- Y esto se repara con obras que agraden al Señor; por ejemplo, acciones apostólicas, el ofrecimiento del trabajo, de esfuerzos, etc.
  • El hombre sigue unos gustos propios.- Y esto se corrige mortificando las propias apetencias mediante disgustos.
  • Además, el camino de reparación quedó marcado por nuestro Señor Jesucristo que murió en la Cruz para redimir nuestros pecados.
El sacramento de la confesión repara ambas cosas a la vez: vuelve a unir con Dios y reordena la mala inclinación en las apetencias. Sobre la necesidad de confesarse, véase: la confesión.
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